No empujen

La industria farmacéutica se rebela contra la presión política para sacar una vacuna cuanto antes

Un técnico de laboratorio maneja viales de la vacuna de la covid de la compañía Astrazeneca, en su fábrica cerca de Roma, el 11 de septiembre.
Un técnico de laboratorio maneja viales de la vacuna de la covid de la compañía Astrazeneca, en su fábrica cerca de Roma, el 11 de septiembre.VINCENZO PINTO / AFP

Supongo que este será un mensaje duro de digerir para los antivacunas, cuya tesis favorita es que la urgencia por desarrollar una vacuna del coronavirus responde a una conspiración de la gran industria farmacéutica (Big Pharma) para crear una necesidad ficticia y disparar así su cifra de beneficios. Resulta que Sanofi, AstraZeneca, Pfizer, GSK y otras cinco multinacionales farmacéuticas anunciaron la semana pasada su compromiso con las exigencias de la ciencia y contra las presiones de Donald Trump, que está empeñado en exhibir algún milagro farmacológico antes de las elecciones del 3 de noviembre. El conspiranoico atribuirá ese compromiso de los laboratorios a una estrategia de despiste, pero se volverá a equivocar, porque la Big Pharma tiene razones muy sólidas para abrazar la mejor ciencia disponible.

Si incluso la gente bien informada percibe que los gigantes farmacéuticos se avienen a las urgencias de la presión política, los antivacunas no estarán solos en su escepticismo sobre la seguridad y la eficacia del fármaco. De hecho, ese escepticismo estaría plenamente justificado, pues los protocolos de aprobación de un medicamento están ahí por algo, y cuando haya que modificarlos tendrá que ser en tiempos de paz, por llamar así al periodo pospandémico.

Los Gobiernos están financiando en parte estas investigaciones y los ciudadanos tienen derecho a conocerlas, sin que eso implique violar ningún secreto industrial

Por eso Trump no solo ha presionado a los laboratorios, sino que también ha maquinado para pervertir el mismísimo proceso de aprobación, poniendo al frente de la agencia del medicamento de su país (la FDA, una referencia mundial) a una serie de personajes más receptivos que los anteriores a los puñetazos en la mesa que emergen del despacho oval. Resulta fácil predecir que esas maniobras presidenciales acabarán por deteriorar la imagen pública de la FDA y, de paso, del resto de las agencias reguladoras en materia científica. La última ha sido la Agencia Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), que va a tener al frente a un negacionista del cambio climático. Tampoco ese desgaste de la FDA interesa lo más mínimo a la Big Pharma, pues el público empezará a desconfiar de cualquier fármaco aprobado por ella.

Hay otros aspectos, sin embargo, en que la industria farmacéutica lo está haciendo fatal. El parón temporal de los ensayos con la vacuna anticovid de Oxford y AstraZeneca no fue explicado al público por la empresa, sino susurrado por su director ejecutivo, Pascal Soriot, a un selecto grupo de hombres de negocios reunido por el banco de inversiones J. P. Morgan, informa The New York Times. Por esa vía semiopaca supimos que una participante había mostrado síntomas neurológicos graves. Aun ahora, una vez reanudado el ensayo, AstraZeneca no ha revelado ningún detalle. Pfizer exhibe una opacidad similar sobre su proyecto de ampliar otro ensayo a miles de voluntarios. La falta de transparencia es habitual en este sector, pero la situación actual es cualquier cosa menos habitual. Los Gobiernos están financiando en parte estas investigaciones y los ciudadanos tienen derecho a conocerlas, sin que eso implique violar ningún secreto industrial.

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