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Bares

Las cantinas, bodegas, tabernas, tascas, pubs, cafés, cervecerías, chiringuitos o tugurios son mucho más que un lugar donde se sirven bebidas. Son espacio de y para la sociabilidad

Río de Janeiro, 2 de julio de 2020, poco después de la reapertura de bares y restaurantes durante la pandemia de COVID19.
Río de Janeiro, 2 de julio de 2020, poco después de la reapertura de bares y restaurantes durante la pandemia de COVID19. Reuters

De todos los anuncios relativos a la desescalada, seguro que uno de los más esperados fue el de la reapertura de los bares. ¿De dónde esa impaciencia, para algunos auténtica ansiedad? ¿Un bar es solo un establecimiento en que se sirven bebidas, en que hay dispuestas mesas en el interior y muchas veces en el exterior, que disponen de una barra en la que se puede consumir incluso de pie y que están atendidos por profesionales especializados en servir?

Esos rasgos definirían bien en qué consisten este tipo de locales y sus antepasados y parientes —cantina, bodega, taberna, tasca, bar restaurante, bar musical, pub, café, cervecería, chiringuito, whiskería, licorería, coctelería, tugurio...—, pero deberíamos añadir que el servicio que ofrecen es también el de poner a disposición de sus clientes un microclima destinado a favorecer un cierto tipo de interacción humana.

Los bares pueden ser clasificados en función del tipo de relación que esperamos tener con ellos y en ellos. Así, hay bares en los que se entra, que son como áreas de servicio y descanso que permiten a los viandantes hacer un alto en su camino para, por así decirlo, repostar y restaurarse al lado o cerca de desconocidos, que pueden dejar de serlo en cualquier momento. Hay también bares a los que se baja, bares vecinos y de vecinos, de proximidad, que están insertos en la vida de barrio y cuyos frecuentadores se suelen conocer entre sí, aunque sea de vista. Son los bares "carajilleros", los de toda la vida.

Por último, tenemos los bares a los que se va, es decir, puntos de reunión no por fuerza cercanos a los que se acude de manera recurrente para coincidir con amistades o, al menos, gente parecida. Son importantes, puesto que constituyen auténticas sedes sociales de grupos de amistad y lugar de referencia que convoca un determinado perfil de consumidor con quien se empatiza automáticamente por compartir gustos, aficiones, actividades o ideas.

En este último caso hay tantos tipos de bares como afinidades sociales: bares estudiantiles, gais, futbolísticos, falangistas, alternativos, bohemios, elitistas, hipsters, para turistas, de diseño, de la movida… A veces estas denominaciones temáticas implican pleonasmos. Así, hay "bares de copas", como si todos los bares no lo fueran. O bares etiquetados como "de ambiente", cuando todos los bares, queriéndolo o no, poseen y suscitan una atmósfera que los caracteriza. Y por supuesto que todos los bares son "de alterne", en el sentido que alternamos en ellos con otras personas, aunque sea sin querer, aunque sea con el barman. Un bar siempre es incompatible con la soledad; si quieres estar solo, no vayas nunca a un bar.

En esas mesas interiores o exteriores, o en cada barra de bar se desarrolla una intensísima actividad social determinante para todos y cada uno de los concurrentes. En primer lugar, porque no existe ninguna forma de identidad compartida que no requiera de ese templo que es para ella un bar. Apreciación acreditada en que hasta no hace mucho a los asiduos a un bar se les llamara, no por casualidad, parroquianos. Luego, porque en cada encuentro en un bar se dirimen cuestiones que siempre son en un grado u otro fundamentales.

En un bar casi todos los presentes están negociando algo: los términos de una empresa, de un amor o de una amistad. En un bar todo el mundo está pactando algo, llegando a acuerdos, conspirando o haciendo planes.

En los bares se ríe, se charla animadamente, pero también se ven semblantes serios o apenados. En los bares, a veces, discretamente, se llora. En ellos se bebe porque se está alegre o porque se está triste, pero nadie bebe sin compañía. Es posible que alguien dé la impresión de estar comiendo o bebiendo solo. No es cierto. Bebe o come con alguien que no está. Cabiendo en él toda la vida social, también hay en esos sitios un lugar para el conflicto, incluso para la violencia. De hecho, existe un tipo de enfrentamiento físico que lo tiene como escenario natural: la "pelea de bar", con casos con tanta repercusión como el de Alsasua.

En todo caso, en los bares se coincide con personas a las que se ama, se quiere o al menos cuya cercanía se aprecia —y, de ahí que estén sentadas en torno a una misma mesa—, pero también con seres desconocidos que, justo ahí, en ese bar, dejaron de serlo, seres que aparecieron de la nada y que pudieron marcar nuestra vida y luego desvanecerse para siempre, pero que pudieron surgir para quedarse en ella para siempre.

Una parte importante de nuestra vida ocurrió y ocurre en bares o lugares parecidos, pero eso también vale para la vida de las naciones. El intento de golpe de estado de Hitler en 1923, el "putsch de Munich", arrancó de la Bürgerbräukeller, una cervecería. Operación Galaxia es el título del operativo policial que desarticuló un complot militar cuya concreción se conoció el 23 de febrero de 1981 en el golpe del coronel Tejero. Galaxia era el nombre de una cafetería madrileña. Seguro que no hay acontecimiento o proceso histórico en el mundo moderno que no haya ideado o preparado en locales así. Y seguro que los grandes hechos públicos que se avecinan se están planeando ahora mismo o dentro de un rato en torno a la mesa de un bar.

Por eso hemos echado tanto en falta los bares en estos meses de confinamiento. La sociabilidad de bar es consecuencia del acto elemental de salir de casa para encontrarse con otras personas con las que se establece un nexo duradero o efímero, pero que necesita de un proscenio. Eso es un bar, un medio que funciona como una especie de líquido amniótico, un contenedor de cualidades sensibles —la decoración, la luz, el olor, los sonidos, las texturas— que le dan un determinado sabor al conjunto, una materialidad singular invisible, que nos obliga a volver porque sabemos que alguien, pero sobre todo algo, nos espera. Quien ha hecho toda una teoría del bar es Sergio Gil, un antropólogo que sabía estas cosas y las ha aplicado a los bares que más que montar, ha creado.

Existen barrios o calles de una ciudad de sociabilidad intensa y continuada, es decir, donde se desarrolla una vitalidad hecha de encuentros entre amigos, amantes, vecinos, negociadores, conocidos y también desconocidos. Cuantos más bares más vida social; cuanta más vida social, más bares. Hay lugares donde no hay bares, como por ejemplo ciertos complejos urbanos en los que la gente suele salir poco o nada, o bloques o urbanizaciones en los que la vida social se limita a la que se da en recintos interiores cerrados al exterior. En esos lugares o en sus alrededores no hay bares, lo que indica que en ellos no hay vida social, aunque mejor sería decir, sencillamente, que lo que no hay es vida a secas.

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