Chapuceros

Los errores gramaticales, faltas de ortografía o erratas ensucian los textos y les restan credibilidad

Olof Palme, primer ministro sueco, pide dinero en 1975 para la oposición española en un mercado de Estocolmo.
Olof Palme, primer ministro sueco, pide dinero en 1975 para la oposición española en un mercado de Estocolmo.

En las redacciones se escucha este comentario con preocupante asiduidad: “Es buen periodista, pero redacta mal”. A quienes dicen eso hay que recordarles la frase del fallecido filólogo Fernando Lázaro Carreter: “Si alguien falla ante un problema simple como es el de escribir o hablar sin faltas, fallará igualmente ante los problemas de su profesión o de su ciencia; las posibilidades de que sea un chapucero serán muchas”. El lector Javier Muñoz Álvarez me ha remitido a esas palabras para quejarse de las puñaladas que damos a la gramática quienes debemos dominarla como herramienta básica del oficio. Todos los días hay en el diario erratas, faltas de ortografía o errores gramaticales que ensucian textos y les restan credibilidad.

La portada del 26 de junio incluía en la principal noticia de la portada de su edición impresa la palabra “fenomeno” —sin acento—, que ya auguraba mayores problemas en su desarrollo en el interior. Contenía una decena de erratas. Algunas tan feas como esta discordancia: “No obstante, este libertad…”; o esta frase incomprensible: “…debe realizarse esa compensación, aunque abre los convenios establezcan fórmulas para hacerlo”; o esta coma fuera de lugar: “A las empresas les, exige…”

Once días antes, se publicó en la web una información sobre Eusko Alkartasuna con 32 errores, erratas y comas mal puestas o inexistentes donde debieran estar. En la versión impresa —más corta—, los fallos fueron ocho en cinco párrafos.

El pasado jueves por la mañana, en la principal noticia de portada en la web se leía textualmente: “Esto hace que si se toman estas cifras se desluzca lo sucedido. porque sucedido entre el primer y el último día del mes hay un retroceso en la afiliación de casi 100.000 empleos, provocado básicamente por el tradicional desplome del último día, que sucede en épocas de bonanza y de crisis”.

Ninguna sección se libra y los lectores escriben enfadados para decir que hemos puesto “ciudadanos aireados” en lugar de “airados” (José Sarabia, el pasado 19); “cultibo” en vez de “cultivo” (Miguel Fernández F., el día 20); “tierra incógnita” donde era “tierra ignota” (Mercedes Sánchez, el 31 de mayo); “bollante”, y no “boyante (Puri Rodríguez, el 3 de mayo); “correo posta” donde era “correo postal” (Fernando García González)…

La epidemia afecta a zonas que, como Opinión, han sido mimadas siempre en el periódico. El pasado 30, un análisis incluía esta frase: “¿Un par de meses encerrados casa?” El 29, en una columna apareció este inoportuno acento —”…imaginar la España qué queremos ser…”—, junto a esta frase incompleta: “…que estén mejor capacitadas para la exigente tarea definir el futuro y acelerar…” El 28, se publicó un análisis con el título de Pactos mefistotélicos, en lugar de “mefistofélicos”; I. Irigorri afeó que en otra columna del 25 de mayo figuraba en alguna edición “aboya” en lugar de “abolla”…

Hasta en Babelia aparecen errores intolerables en su suplemento cultural. En la entrevista al escritor Martín Kohan del pasado 27, apareció esta hache donde no debía: “Yo hecho todo de menos”.

Las fe de errores son otra fuente de problemas, de incumplimiento del Libro de estilo, que incluye esta entrada que intenta evitar las confusiones propiciadas por el uso de una coma tras un adverbio:: “Como. El uso de una coma antes del adverbio ‘como’ cambia el significado en muchas frases (…) Si se trata de subsanar un error, se incurre en otro en frases como la siguiente: “El presidente de la empresa es Mario Martínez y no Mariano Martín, como se publicó ayer”. Detrás de frases similares se adivina la intención de escribir ‘en contra de lo que se publicó ayer’, pero la coma cambia el sentido”.

Hay bastantes ejemplos de esa mala costumbre que confunde al lector, como ocurrió el pasado día 15 con esta fe de errores: “Olof Palme fue asesinado hace 34 años, en 1986, y no 36, como se publicó en el editorial del pasado sábado”. Con esa coma detrás de 36, más parece una fe de aciertos que una fe de errores.

Los lectores no perdonan tales fallos. Almudena Olmos y José Sarabia proponen un buzón para avisar de los errores. Puri Rodríguez se ofrece a “revisar cada edición antes de su entrada en máquinas”. Irene Ramiro dice que hay tantas faltas que “encontrarlas se ha convertido en un pasatiempo” para ella y su hermana. Javier Burgos añade: “Nunca creí que periódicos como EL PAÍS publicaran artículos repletos de faltas y errores”.

En su regreso como director, Javier Moreno dijo en su primer mensaje a la Redacción el pasado 18: “Tenemos unos lectores exigentes, fieles, y tenemos que darles más calidad”. Ellos no van a cambiar. Debemos hacerlo los periodistas.

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Web: El Defensor del Lector Contesta

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