Los tablaos pasan fatigas

Los locales de flamenco, cuna de artistas como Camarón o Paco de Lucía, disfrutaban de buena salud hasta la pandemia, que se ha llevado por delante al aficionado extranjero

Luis Habichuela (izquierda), Enrique Escudero y Carmen Linares, en 1974 en el tablao Café Chinitas de Madrid.
Luis Habichuela (izquierda), Enrique Escudero y Carmen Linares, en 1974 en el tablao Café Chinitas de Madrid.

El día que murió Carmen Amaya, el 19 de noviembre de 1963, un adolescente de 13 años se subió sin avisar al Corral de la Morería y cantó un fandango en honor de la bailaora. La emoción pudo más que la timidez y, al acabar, Camarón se fue corriendo. La anécdota que revive Blanca del Rey, bailaora y actual copropietaria del Corral de la Morería, expone la esencia de los tablaos flamencos mejor que una tesis doctoral. Lugares donde se iba a aprender de los viejos flamencos y a mostrar talentos nuevos. Lugares que se encuentran hoy al borde del precipicio.

”Los tablaos estamos en la UCI. Hay respiraderos y pedimos que nos los pongan”, sentencia Juan Manuel del Rey, director del Corral de la Morería y presidente de la Asociación de Tablaos Flamencos de Madrid. Tres de los 21 establecimientos que integran esta asociación han tenido que cerrar al no poder soportar unos gastos mensuales de entre 20.000 y 25.000 euros, sin incluir los sueldos de las plantillas que, en su mayoría, están en un ERTE.

Los clausurados en Madrid son locales emblemáticos como Casa Patas, Café Chinitas o Villa Rosa —aunque este está reconsiderando su decisión—, mientras que los tres más antiguos de Barcelona (Tarantos, Tablao Flamenco Cordobés y Tablao de Carmen) piden medidas públicas para reabrir en 2021. ”Teníamos un negocio que funcionaba muy bien y el coronavirus se lo ha llevado por delante. Cerrar ha sido muy traumático y muy caro, porque hay que pagar las indemnizaciones a los trabajadores; así que nos hemos quedado sin ingresos y endeudados”, dice Martín Guerrero, propietario de Casa Patas, abierto desde 1984 y cerrado en mayo.

En aquella inauguración de Casa Patas estuvo Carmen Linares “para darle un empujoncito”. La cantaora comenzó su carrera en Torres Bermejas en 1973 y el año siguiente pasó al Café Chinitas en un espectáculo en el que coincidió con Enrique Morente. “Siento una gran impotencia al no poder hacer nada. No estamos hablando solo de economía, han sido los lugares donde hemos aprendido. Las tablas se cogen en el escenario, saliendo cada día”, asegura.“Son templos en los que se hace el flamenco y no pueden desaparecer”, añade entristecida.

Los actuales tablaos, que el Ayuntamiento de Madrid acaba de declarar Bien de Interés Cultural, nacieron en los años sesenta, herederos de los colmaos y los cafés cantantes, que han servido de escuela y trampolín para los artistas. Imperio Argentina, Antonio Chacón, Miguel de Molina, Fernanda y Bernarda de Utrera, Carmen Vargas, Camarón, Paco de Lucía, Tomatito, Antonio Gades, Mario Maya… una lista interminable, que continúa creciendo con figuras como Estrella Morente, Rocío Molina, Manuel Liñán o Rosalía. Hasta que llegó la pandemia, la salud de los tablaos era excelente.

”Los tablaos atraen cada año en España a seis millones de turistas. Tan solo en Madrid tenemos un millón de visitantes internacionales al año que, según la Encuesta de Gasto Turístico del Instituto Nacional de Estadística de 2019, desembolsan de media 1.356 euros a lo largo de una estancia de 4,5 días”, asegura Federico Escudero, presidente de Asociación Nacional de Tablaos Flamencos de España (Antfes), que nació en mayo con 97 establecimientos para pedir apoyo al Gobierno. “La previsión es que hasta marzo de 2021 no se va a reactivar el mercado del turismo americano y asiático. Eso supondría un año de cierre y para sobrevivir necesitamos ayudas directas ya”, añade Escudero, propietario de Torres Bermejas, otro de los míticos locales madrileños que abrió en 1960 y al que la pandemia ha fastidiado la celebración de su 60º aniversario.

”Hay muy pocos lugares de ocio que estén abiertos los 365 días del año y que atraigan a tantos turistas extranjeros. En ese sentido nos podemos comparar con el Museo del Prado. Si los cuadros se estuvieran cayendo a trozos nadie dudaría en poner en marcha un plan urgente para salvarlos, pues eso es lo que está ocurriendo con los tablaos. Grandes museos y palacios hay en todo el mundo, pero flamenco solo en España y si lo perdiéramos desaparecería una parte muy importante de nuestra identidad cultural”, arguye Del Rey.

Entre las medidas urgentes que plantea la Antfes están la ampliación de los ERTE hasta finales de año, subvenciones a corto y medio plazo para gastos generales y la eliminación de la reducción de aforo. La situación tiene a todo el sector preocupado, pero a Cristina Hoyos, bailaora, coreógrafa y fundadora, en 2006 en Sevilla, del Museo del Baile Flamenco, que incluye un tablao, le toca el doble. “No pueden desaparecer, es impensable. En el extranjero hay mucha gente que es adicta al flamenco. Si en las crisis hay ayudas para el teatro, la música, el circo, los títeres… por qué no para los tablaos, que estamos asfixiados. ¿Qué pasa que los flamencos no comemos?”, pregunta la artista, que comenzó a bailar en Sevilla a los 12 años y al cumplir los 18 cogió su “maletita” y se fue a Madrid. En la capital trabajó en Los Califas y en El Duende hasta que en 1969 formó pareja de baile con Antonio Gades y comenzó su carrera internacional.

El Villa Rosa, el mítico local de la madrileña plaza de Santa Ana con sus azulejos pintados de 1928, podría ser el tablao más antiguo del mundo, pero su historia se ha interrumpido en varias ocasiones y ahora su propietario, Jesús Rodríguez Cerezal, quien está al frente desde 2011 y había logrado recuperarlo para el flamenco, ha tenido que echar el cierre.

“Abrió como colmao en 1911, era una taberna por la que iban artistas y cantaban si alguien les pagaba; en 1921 se convirtió en tablao con Antonio Chacón. Ha estado cerrado varias veces y en los ochenta se convirtió en discoteca. De momento hemos parado todo, pero si cambian las circunstancias puede que abramos”, comenta Rebeca García, directora de marketing de Villa Rosa.

El bailaor y coreógrafo Manuel Liñán, quien acaba de recibir el Premio Max del Público por su espectáculo ¡Viva!, es uno de los artistas que ha pasado por el nuevo Villa Rosa. “En 1993, con 13 años, empecé a bailar en Los Tarantos, en el Sacromonte de Granada, y estuve hasta 1997 todos los días. En los tablaos el flamenco se improvisa, tienes que aprender a resolver en el momento y así vas creando tu propio estilo. Paralelamente iba a la academia y hacía cursillos; pero el tablao es un templo donde se producen situaciones increíbles y el público tiene la oportunidad de verlas de cerca, sin adornos, en estado puro”, reflexiona Liñán.

Opinión que comparte la también bailaora y coreógrafa Rocío Molina quien, en 1990, a los 16 años, debutó en Casa Patas. “La naturaleza del flamenco está en los tablaos. Sin ellos, no existiría. Son lugares esenciales y no solo para la subsistencia de muchos artistas, sino también para nuestra cultura”, sentencia la bailaora.

”El problema es que, como nunca hemos pedido nada, no se acuerdan de nosotros. La industria más importante que tiene el flamenco son los tablaos, son los que sostienen al grueso de los artistas y si desapareciéramos sería un golpe durísimo para el flamenco”, afirma el director del Corral de la Morería, abierto desde 1956 y por cuyo escenario han pasado casi todos los grandes: Pastora Imperio —que ya retirada ayudó a Manuel del Rey, su fundador, en su aventura—, Carmen Amaya, Antonio Gades, Lucero Tena, Fosforito, La Chunga, Mario Maya, Farruco, La Paquera de Jerez… o Paco de Lucía, quien presentó allí su famoso disco Fuente y caudal en 1973.

“Estamos cerrados desde el 15 marzo asumiendo todos los costes fijos. Somos economías familiares y eso no hay quien lo aguante. Lo peor es que no sabemos cuándo podremos abrir, porque dependemos casi al 90% del público internacional”, argumenta Juan Manuel del Rey, también copropietario del Corral de la Morería, un local que tiene —como casi todos— restaurante y que en 2018 recibió una estrella Michelin, la única que luce un establecimiento con espectáculo.

Y aunque el público español se ha ido distanciando de los tablaos a medida que el flamenco entraba en la programación de los teatros, hubo un tiempo en el que eran lugar de reunión de los aficionados locales. Han servido de academia a maestros como Camarón, que cantó 12 años en Torres Bermejas (1968-1980) y allí, entre las yeserías que recuerdan a la Alhambra, conoció a Paco de Lucía. Del encuentro en aquel tablao salió una relación tan creativa que dio lugar a nueve discos.

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