La crisis del coronavirus

Europa camina hacia los hogares burbuja empujada por el coronavirus

Las nuevas restricciones ante el aumento de contagios limitan los contactos sociales a las personas que viven bajo un mismo techo. Es el último recurso antes de confinar

Una mujer con dos niños toma fotos alejada de otros grupos en la Casa de Campo en Madrid.
Una mujer con dos niños toma fotos alejada de otros grupos en la Casa de Campo en Madrid.Andrea Comas

Tras una tarde de juegos en el Parc del Guinardó (Barcelona), la pequeña Íria invitó el pasado domingo a Emma a dormir a su casa. A sus cuatro años, era la primera vez que se decidía a dar el paso con una amiga y los progenitores de ambas rieron con la iniciativa. “Quedamos en hablar a lo largo de la semana, por si podía ser este sábado. Al final lo hemos tenido que dejar”, explica Eva Cervera, periodista de 40 años y madre de Emma.

La Generalitat de Cataluña recomendó el miércoles reducir al máximo los contactos sociales. Esto incluye evitar encuentros con personas que no vivan bajo el mismo techo, los llamados grupos de convivencia. En Ourense, estas reuniones han sido prohibidas. Se puede dar un paseo, ir de excursión o salir a cenar, pero siempre con los convivientes.

Fuera de España, Irlanda y las mayores ciudades del Reino Unido —como Londres— han vetado las reuniones en espacios cerrados de personas de dos o más hogares distintos. En Alemania, cuando en un área se sobrepasan los 50 positivos a la semana por 100.000 habitantes, los encuentros se limitan a un máximo de 10 personas de dos grupos de convivencia. En Bélgica, las nuevas restricciones permiten invitar a un máximo de cuatro personas al hogar, siempre que sean las mismas en las siguientes dos semanas.

Aunque a distintas velocidades y con algunas diferencias entre países, Europa camina hacia una nueva forma de convivencia basada en los hogares burbuja. Es el último recurso para hacer frente al avance implacable del coronavirus y evitar el confinamiento duro. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Unión Europea (UE) alertaban esta semana de la urgente necesidad de “doblegar la curva” si se quiere evitar una medida que, tras la traumática experiencia de la primera ola, todos quieren evitar.

“Sin vacuna todavía, sin tratamientos efectivos y con unos repuntes explosivos, los Gobiernos han descubierto que su mejor arma es la sociológica. Y esto pasa por reducir a la mínima expresión las interacciones de las personas fuera de las actividades esenciales”, explica Daniel López Acuña, exdirector de Acción Sanitaria en Crisis de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Para este experto, si el virus ha alcanzado los niveles de circulación actuales ha sido en buena parte porque no se ha puesto coto antes a eventos sociales y reuniones masivas. Pero llegados a este punto, aunque las restricciones tengan algo de injusto para quienes han sido cuidadosos, no hay muchas alternativas. “En la situación actual, o vamos hacia las burbujas o hay que volver a parar la sociedad”, resume López Acuña.

“La tendencia es esta, porque a la que tenemos más interacción hay más circulación del virus”, sostiene Joan Ramon Villalbí, de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS). Este epidemiólogo considera que tiene algo de inevitable que si la incidencia sigue creciendo por el continente —"Holanda, Bélgica y Francia ya están con peores indicadores que España"— este tipo de medidas se extienda.

“Si tienes pocos casos, puedes controlar la situación con una buena capacidad de rastreo y diagnóstico. Pero si la circulación del virus es elevada, si no se empiezan a aplicar restricciones, lo previsible es que la incidencia siga creciendo hasta dispararse. Y entonces ya es necesario recurrir a las medidas más duras”, añade Villalbí.

El sociólogo José Antonio Noguera, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, destaca que “en algunos países del centro y norte de Europa, la tendencia sociológica va hacia familias cada vez más pequeñas y personas viviendo solas”. “En estas sociedades, más individualistas, las medidas de este tipo son más fáciles de seguir. Pero en otras, como España, las familias suelen ser amplias y las interacciones sociales más intensas. El impacto sobre las personas con estas restricciones es mucho mayor”, añade.

Noguera considera que “este mayor coste social y personal hace que las personas tiendan a revertir las restricciones de forma natural en cuanto tienen oportunidad”. Esto tiene un lado positivo, que es que facilita la vuelta a la normalidad cuando las restricciones se levantan.

Pero también otro más controvertido en estos tiempos: “Existe el riesgo de que haya un decalaje entre lo que tendríamos que hacer como sociedad y lo que realmente haremos”, sostiene. “Seguro que buena parte de la gente sigue las indicaciones de las autoridades y las interacciones se reducen de forma importante, pero es probable que no lo hagan en la medida que las recomendaciones o normas lo exigen”, concluye Noguera.

Ayuda de la tecnología

Los costes en el ámbito personal son importantes. “Todo lo que se gana en seguridad frente al virus, lo pierdes en algo tan intrínsecamente humano como son las relaciones sociales. Y esto es algo que las nuevas tecnologías y redes sociales no suplen, aunque puedan ser de ayuda en el corto plazo”, explica el psiquiatra Enrique García Bernardo.

La mejor estrategia para hacer frente a las nuevas situaciones es “fomentar al máximo la autonomía de las personas dentro de grupo de convivientes”. “Hay quien necesita estar todo el día relacionándose con otras, pero también quien quiere justo lo contrario. La clave es el máximo respeto a la diferencia y las necesidades individuales dentro de la burbuja, porque no hacerlo aboca a sus miembros a la tensión y el conflicto”, añade García Bernardo.

La primera ola mostró que las restricciones pueden llevar a algunas personas a “sufrir más ansiedad y vivencias depresivas, con sentimientos de tristeza, de vacío…”. “Pero son cuadros leves, aunque resulten muy poco agradables para quien los sufre”, concluye. De hecho, destaca, que “los conflictos individuales suelen quedar soterrados durante crisis de esta magnitud”. “Como ya vieron los psiquiatras en la Segunda Guerra Mundial, cuando suenan las armas, no hay neurosis”, concluye.


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